martes, 23 de abril de 2013

La niña azul en la guarida del químico


Cuando la Niña Azul crecía y su color desvanecía en a un suave acónito, ella reflexionaría sobre la noche que pasó escondida en suelo del químico. Ella recodaría la manera en como su vestido quedaba atrapado en los moldes astillados, y como eliminaba gases por los frijoles inversos que el Dragón de Ullon le había cocinado para el almuerzo, y se preocupaba si el químico notaria el olor. Ella recordaba los largos zapatos de cuero mientras se paseaba, murmurando fórmulas que bien podrían haber sido encantamientos místicos a los oídos de la Niña Azul. Ella recordaba desear que tuviera sueño, abandonar su estudio de la rosa azul e irse a la cama. Pensaba que se incendiaría de desearlo tanto.

Pero más que nada, recordaba los libros, los grandes tomos de conocimiento acerca de cosas que la Niña Azul ni siquiera sabía que estaba buscando. Que tal si, en vez de robárselo la rosa y escaparse en la noche, se hubiera mostrado al químico? ¿Podría haberle contado todo lo que sabía sobre el color azul? ¿Podrían haber estudiado las rosas juntos y desvelar los secretos de su elusivo color? ¿Hubiera ella, la Niña Azul, crecido para ser tan poderosa y atemorizante como el mismo químico?

Ella nunca sabrá las respuestas a esas preguntas. En vez de eso, esa noche aprendió que incluso las niñas azules sangran rojo.

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