martes, 3 de abril de 2012

Escudo

Mientras descansaba debajo de mi la sabana espié por un agujero.
La hoja aún brillaba debajo de mi cama...

El trabajo era simple y a la vez complicado. Cuidarla por el resto de su vida. No era parte de un trato su servidumbre, simplemente quería servirla. Aún su perfume, no había cambiado en nada. Pasaron 3 años en los que se entreno en el ejercito. Soporto los días de abusos, las semanales golpizas y las masacre constantes de la guerra.

El día anterior a la asignación me revelé. Desafié a mi superior y le dije lo que deseaba hacer por el resto de mi vida, se rió de mi y me dijo que sería una vida muy corta. Era un puesto que siempre estaba vacante. Ese día los caballos si pudieran hablar habrían advertido la desgracia que ocurriría. Estaba contento que todo fuera como deseaba.

Cuidarla no solo implicaba resguardar su persona, toda su familia cercana era un blanco. Al principio fueron fríos conmigo, escuchaba sus susurros, auguraban mi muerte en días. A la semana ocurrió otro atentado, no era algo tan infrecuente pero siempre causaba tensión en el palacio. El pobre no llegó muy lejos, pero lo conocía, volvería, lo maté en el momento. No se sintió diferente de la ultima vez, ambos matarían con el mismo propósito. Un intento de fuga dije, me observaron fijamente. La alteza observo al general y le hizo un ademan, signo de su aprobación.

Su hija era la viva imagen de su madre. Me gustaba contarle las mismas historias que leía en la biblioteca. Historias de otros países, y algunas veces, de otros mundos. Ella sería algún día dueña de todo lo de su madre, seria igual de misericordiosa. Su familia me tomó confianza y terminó ofreciéndome invitaciones para reuniones. Su alteza aun seguía alejada de mi. Me partía el corazón pero ella tenía otras responsabilidades y yo velar por que las cumpla sin molestias. Su alteza es mejor gobernadora que su esposo, siempre precavida de extranjeros, siempre cuidándose de todo movimiento. Un orgullo cuidarlas a todos, era demasiado optimista frente a la desventaja que enfrentábamos.

Una tregua inestable se hizo del agotamiento de tropas en ambos bandos. Viaje para negociar por la paz en nombre de su majestad, terminé con una oferta del mismo hombre que varias veces juro muerte a mi señora. Se burlo de mi en su oficina, con una carcajada; en la cárcel, con sus torturas; en los campos, con sus tareas. "Por motivos de salud" mi señora nunca creería tal excusa y menos aún de mi. Lo único que podría detenerme es la muerte y nuestro sultán había muerto ya hace mucho. Solo rezar todos los días y esperar lo mejor. Escuchar de los chismes y de los susurros de los sirvientes. Mi señora por fin se alzaría con toda su destreza.

Con el tiempo perdí conciencia de los días y de mi persona. No me conocía, era un animal que laboraba por ningún motivo. La oscuridad total de las noches en los calabozos, el calor abrasante y labor de los días. Si tuviera un último deseo sería ver una ultima vez su rostro cuando cambio la vida de su esposo por la mía. Era una guerrera, como todos los de su tribu, la única que dejaba que las mujeres sean sus iguales y la única digna de ser realeza.

No escuche cañones, ni gritos, ni alaridos, ni disparos, solo el crujir de la puerta y unos hombres con colores tan familiares me recogieron. Vi de nuevo la luz, seria otro día monótono de esclavo. Mi señora estaba parada a unos metros, me liberé y me arrodille a sus pies. Reconocí su rostro, su expresión, su piel, pero una vez tuve tiempo y me agarro de los hombre me di cuenta de que no era su perfume. Levanté la vista y vi a la princesa. ¡Dios! Tantos años pasaron, sentí mi rostro y estaba con barba y sucio. ¿Donde esta mi señora? pregunté, ella me dijo "En la gracia de Dios". Ahora sabía que estaba muerto.

Visite su tumba a los días, mi nueva señora fue comprensiva con mis deseos. A pesar de sus consejeros que me acusaban de traición, ella me apoyó. Lloré días y noches, en el camino de ida y de vuelta. Caída en batalla, enterrada en el mismo lugar donde hizo su último respiro. Hubiera dado mi vida por ella, a su lado hubiera vivido ella. Fallé en lo único que deseé.

Volví a vestirme con mi viejo uniforme y el mismo sable que mató al sultán, el único recuerdo de mi señora y honra a su justicia. Los extranjeros vienen más, adoptamos nuevas costumbres y nuevas ropas. La ciudad ha cambiado, la princesa dice que prosperamos. Mi trabajo sigue siendo el mismo, cuidar a la familia real. ¿No es acaso el destino más feliz que un hombre podría alcanzar? Pronto habrá pretendientes al trono y enemigos que se disfrazan de amigos. Solo tengo que tener mi misión en mente: proteger a mi señora de todo mal.